“Pecas” de Meg Pokrass

Loretta, Trina y Junie eran amigas de verdad, y tenían la espalda tostada como tiras de charqui. Ninguna se llenaba de pecas como yo. Pecas en el rostro, los brazos, la espalda. Pecas en los labios, manchas de aceite, o de manteca, o de salsa de tomate en mis camisetas. Estaba manchada por todos lados, defectuosa. Solo los ojos de los perros me seguían, como si yo fuera glaseado de crema de banana, o su versión para perros.

No fue hasta que cumplí los catorce que algo se encendió en mí. Apareció el cuello de la familia, un cuello de cisne —como si hubiera emergido de mi pastel de cumpleaños, donde había permanecido durmiendo—. Mis ojos se tornaron violáceos y los chicos decían que parecían ventanas panorámicas. Bueno, los chicos no, en realidad una chica. Junie. Aun así era un cumplido, ya que Junie era bailarina y valoraba la belleza física, en especial el cuello —sabía qué buscar, se consideraba una zorra—. Tenía una voz inusualmente grave, como si hubiera fumado durante cuarenta años, como si fuera mitad hombre, y cuando reía era peor.

—Cuando tengo sed, mi voz se oye como la de un tipo —se jactaba—. Una noche se quedó a dormir con su espalda tostada y su bolsa de danza. Me quedé callada a la hora de ir a la cama, no se me ocurrían historias graciosas. Comenzó a husmear por mi habitación, entrometida, buscando algo para molestarme. Cuando se deslizó bajo mi cama, alcancé a ver su ombligo asomando, un “botoncito”, como un arito de cereal.

—¿Este es tu osito de peluche? —preguntó.

Había encontrado a Ted, mi compañero de la infancia, un oso ajado con carita de bebé, que estaba detrás de las cajas plásticas. Apretando a Ted, riéndose como una maníaca, Junie trataba de hacerlo chillar como a un juguete de perro. Perfecta y malvada como una estrella de televisión. Yo quería preguntarle cómo podía hacer para cambiar mi personalidad, cómo podía hacer para broncearme sin arruinar mi piel para siempre, sin arrugarme ni morir de cáncer. Todo parecía posible. Me deslicé a su lado para que no destruyera a Teddy y la besé largo tiempo para salvarlo.

Traducción: Susurros Chinos

***

Del original Freckles, de Meg Pokrass, publicado en Fictionaut.com, 2010.

Meg Pokrass es autora de cuatro compilaciones de cuentos y un libro galardonado de prosa poética: Damn Sure Right (Press 53, 2011), My Very End of the Universe— Five Mini-Novellas-in-Flash and a Study of the Form (Rose Metal Press, 2014), Bird Envy (2014), Cellulose Pajamas (ganador del Premio Blue Light Book, 2016), The Dog Looks Happy Upside Down (Etruscan Press, 2016) y Alligators At Night (Ad Hoc Press, 2018). Sus obras han aparecido en más de 320 revistas literarias, entre ellas, Rattle, Tin House, Five Points, McSweeney’s Internet Tendency, Jellyfish Review, New World Writing, Bayou Magazine, National Public Rado (WNPR), 100-Word Story, Wigleaf Top 50 List , Wigleaf Magazine, Green Mountains Review, SmokeLong Quarterly, Talking Writing, Every Writer’s Resource, Failbetter, storySouth, decomP, Flash Magazine, y en dos antologías Norton: New Micro (W.W. Norton & Co., 2018) y Flash Fiction International (W.W. Norton, 2015). Su relato “Barista” fue incluido en la antología Best Small Fictions, 2018. Se desempeñó como editora en SmokeLong Quarterly y en New World Writing. Es editora de New Flash Fiction Review y de La serie de lectura colectiva de microficción de San Francisco. Ha oficiado como jurado en New Flash Fiction Review y como curadora en el Festival de Microficción del Reino Unido.

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