Bajo el techo

de Kathryn Kulpa

Bajo el techo de Kathryn Kulpa - Susurros Chinos

En una película que vi de niña le preguntaron a una joven qué quería ver en su luna de miel —si París, Roma o algo así, eso esperabas que dijera— pero no, ella dijo: montones de techos hermosos.

Y como tantas cosas que entendía a medias cuando era niña, apenas pude notar que esto era “picante”, que significaba algo subido de tono y de adultos. Cuando le pregunté a mi madre, fingió no saber nada y dijo que la joven “estaba haciéndose la tonta”. Luego, le pregunté a mi prima Beth, pero no tuvo nada para aportar. Tampoco esperaba que supiera. No era solo mi prima, también era mejor amiga. Nuestras madres, hermanas, estuvieron embarazadas juntas, así que éramos gemelas, por así decirlo, nacimos con un mes de diferencia y compartimos ropa, libros y varicela. Descubrimos las cosas las dos juntas, no separadas.

Pero los techos significaban algo, lo sabía por esa canción Hotel California, un lugar del que te podías ir cuando quisieras, pero que nunca dejabas, y que tenía espejos en el techo. Y así fue como empecé a mirar techos, a observarlos, y es algo curioso pero la mayoría de la gente nunca lo hace. Tal vez intentan no hacerlo. A veces mirar hacia arriba da más miedo que mirar hacia abajo. Una grieta en el techo puede parecer la cabeza de un duende malvado o la garra de un alienígena que te llama. Puede haber cosas peludas creciendo en los rincones, telarañas y a veces incluso arañas colgando. Las arañas colgando asustan a cualquiera.

Cuando tenía trece años fuimos de vacaciones en familia a Maine. Beth, mi hermana postiza, vino con nosotros, y ese año, por primera vez, nos dieron una habitación para nosotras solas, sin padres. El año anterior, cuando dormía en la cama doble muy cerca de mi papá, tuve la primera regla. Me pregunté si había sido por eso. Recuerdo haberme encogido de la vergüenza, esperando a que mi papá estuviera en la ducha para contárselo a mi mamá; me preocupaba que la encargada de la limpieza viera las sábanas, le dije entre susurros a mi mamá que las tiráramos, compráramos un juego nuevo y las cambiáramos. Ella insistió en que las encargadas de limpieza de los moteles veían “de todo”. Aun así, ese año estábamos creciendo y “necesitábamos privacidad”.

Para celebrar, preparamos una fiesta para esa primera noche. No dormiríamos; nos quedaríamos toda la noche grabando casetes con canciones de la radio en mi radiocasetera, contando historias de fantasmas, jugando verdad o consecuencia y compartiendo comida chatarra de las máquinas expendedoras. Antes ese día caminamos hasta un puesto de fruta en la ruta y compramos cerezas, luego practicamos escupir los carozos hasta el otro lado de la habitación, apuntando al cesto, pero pocas veces acertamos. Pusimos un casete en la radiocasetera y nos grabamos cantando. Beth sacó un paquete de cigarrillos aplastado de su mochila —lo había encontrado en la habitación de su hermano, dijo— y nos turnamos para fumar, tratando de no toser y sacando el humo por la ventana con la mano. Qué pasa si se activa la alarma de incendios, dijo Beth, y miramos al techo, donde la única luz roja del detector de humo no titiló.

Miramos esa luz roja, mientras lentas volutas de humo flotaban sobre nuestras cabezas, y vimos dos cables raros colgando junto al detector de humo. Al principio pensamos que podría ser una araña, pero eran más grandes que las patas de una araña —al menos eso queríamos pensar— y especulamos sobre qué podían ser: cables rojos y negros de una bomba de tiempo que nos volaría en pedazos si nos equivocábamos al cortar el cable para desactivarla, o algún tipo de criatura maligna de patas largas y flacas que vivía en el techo. Una de las historias que nos gustaba contar era la de un demonio diminuto llamado Enoc que vivía en el cerebro de un hombre y lo hacía matar personas, y cuando un abogado trató de engañar al hombre y le pidió que le diera el Enoc, él accedió. Luego el abogado sintió algo que trepaba dentro de su propio cerebro y gritó…

Pero no había un Enoc. No en realidad. El hombre de la historia solo estaba loco. Y los cables que colgaban del techo solo eran cables, no las piernas del Enoc, ni las patas largas y flacas de un demonio diminuto agazapado detrás del detector de humo justo encima de nuestra cama, mirándonos, observándonos, preparándose para abalanzarse y meterse en nuestras cabezas para comerse nuestros cerebros. Oímos, o pensamos haber oído, un ruido de algo que arañaba y se movía.

—Es el Enoc —susurré—. Podría estar ahí arriba ahora mismo. Esperando a que nos quedemos dormidas.

Y en el silencio que siguió, oímos un ruido. Un estornudo.

Gritamos y nos levantamos de un salto de la cama, corrimos al lado, a la habitación de mis padres, para decirles lo de la luz roja, el demonio que estornudó en el techo, sus patas colgando sobre nuestras cabezas. Estábamos tan asustadas que no nos preocupó que descubrieran que habíamos estado fumando. Al final con todo el revuelo nunca se dieron cuenta.

El hombre que trabajaba en el motel fue arrestado. Había grabado muchos más videos de personas en la cama. Me pregunté si el nuestro alguna vez llegó a los tribunales. Si las personas nos habrán visto, a dos jovencitas en camisón, en una habitación en penumbras, cantando con la radio y contando historias de fantasmas sobre pequeñas criaturas en el techo. Si los llevó a preguntarse cuántas otras historias tenebrosas se hicieron realidad.

Años más tarde, al hablar de las consecuencias, ambas confesamos sentirnos ligeramente incómodas en espacios públicos, tener una tendencia a buscar y evitar cámaras, una sensación persistente de que nuestros cuerpos no son por completo nuestros, sino cosas ajenas a nosotras, objetos que podrían ser capturados y consumidos sin que lo supiéramos ni lo permitiéramos.

A veces incluso ahora, bajo un cielo iluminado y despejado, me descubro mirando hacia arriba, esperando sentir el roce de esas patas de alambre sobre mi piel.

 

Traducción: Mariana de Madariaga

Revisión: Susurros Chinos

Del original Under the Ceiling, de Kathryn Kulpa, publicado en KYSO Flash, No. 8, agosto 2017.

Kathryn Kulpa es escritora y editora de textos de ficción. Fue ganadora del concurso Vella Chapbook por su libro de microcuentos Girls on Film, publicado por Paper Nautilus Press, y recibió el premio Mid-List Press First Series por su compilación de cuentos Pleasant Drugs, publicado por Mid-List Press. Es autora de Who’s the Skirt?, un libro de micro ficción publicado por Origami Poems Project, cuyas historias han sido incluidas en numerosas antologías. Sus relatos han aparecido en Bellevue Literary Review, Cleaver, decomP, Florida Review, Hayden’s Ferry Review, Literary Orphans, Monkeybicycle, NANO Fiction, Smokelong Quarterly, Superstition Review, entre otras publicaciones. Trabajó como editora para Newport Review, Pif y Merlyn’s Pen, una publicación de escritos producidos por adolescentes. En la actualidad, se desempeña como editora de micro ficción en Cleaver. Vive muy cerca de Rhode Island.

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