“Sin ofender” de Nancy Ludmerer

Sin ofender de Nancy Ludmerer - Susurros Chinos

Sin ofender, Sr. Richards, pero que diga que me tiene que dejar ir porque mentí, eso también es una mentira. “Dejarme ir” suena como que me quiero ir. De Bedford Hills sí, ellos me dejaron ir, salí por esa puerta y nunca miré atrás. Pero usted está haciendo que me vaya. ¿Y por qué? ¿No me habría contratado si sabía de Bedford? Pero Bedford fueron solo tres años de veintisiete. Los otros veinticuatro fui igual que usted, caminaba por ahí, comía pizza, comía mucha pizza como puede ver por los 113 kilos que tengo. Pero vamos, es por eso que me contrató, para asustar un poco a los clientes, mantenerlos a raya. Soy buena en este trabajo. Vengo todos los días. Hasta soy amable con ellos. Soy grandota, pero puedo hablar muy suave. “¿Cómo puedo ayudarlo?” “¿Se le ofrece algo más, señor?” ¿Fósforos? ¿Pajillas? No me olvido. A las mujeres hay que decirles siempre señorita, aunque tengan sesenta. Mi mamá me decía: “Carla, eres grandota. No puedes ser las dos cosas, grandota y gritona. Una o la otra, y estarás bien. Pero no las dos”. Trató de sacármelo a golpes, lo gritona, lo mala que era de niña. Siempre dando problemas. La Junta de Educación me envió a educación especial, me dieron Thorazine. A mamá no le gustó. Prefería golpearme. Pero yo a veces necesitaba el medicamento. Una médica buena de la escuela me lo daba cuando yo le decía que lo necesitaba y, a veces, cuando no sabía que lo necesitaba.

Que le haya dado un nombre falso… eso no es tan malo. ¿Qué hay en un nombre, al final? Y el que le di no es tan diferente, están Carla y Carol, Ward y Word. Lo que pasa es que me gusta más Carol Word. Cuando estaba en Bedford, después de que mi prima, la que se llamaba Carol de verdad, murió; vino a verme este viejo judío y me dijo que una persona tiene dos nombres: el nombre que recibe cuando nace y el nombre que recibe cuando muere, el que se ganó. Tal vez sea el que conocen los ángeles o algo así. Y bueno, yo pensé que me había ganado otro nombre después de estar tres años en la Caja. Me lo gané, me gané ser Carol. Igual que ahora me hago rulos y antes no, y empecé a usar esmalte de uñas y dejé de usar pañuelos en la cabeza.

En fin, Sr. R., usted sabe mejor lo que pasa que una ex-reclusa soplona que entró aquí un día por casualidad. En Bedford le decíamos “pájara carpintera” porque siempre estaba hurgando en la mugre, buscando qué usar en contra de alguien. Cuando me preguntó: “¿Tienes a tu hija por aquí en algún lado Carla Ward?¿La que te sacaron?” estaba buscando que la voltee de un golpe. Y usted dijo, más bueno que el pan, “No sabía que tenías una hija. Qué bien. ¿Cómo se llama?” Y cuando dije “Rowena”, usted preguntó, “¿Cuántos años tiene?” Y no pestañeó ni dijo nada malo.

Así que la pájara siguió: “¿Extrañas Bedford Hills, Carla?¿Extrañas la Caja?” Ella estuvo en la Caja solo dos veces, la preferida de la maestra. Nunca fui la preferida de la maestra. A la única que le caía bien era a esa médica en la escuela. Me daba palabras mágicas para que diga cuando perdía el control, me hacía buscarlas en el diccionario. Palabras como “lavanda” y “bruma”. Palabras como “columna” y “saciar” y “fragante”. No me daba sermones, ni bueno, ni malo, ni correcto, ni incorrecto. Ya era demasiado tener que escuchar a todos diciendo lo mala que era, el daño que había hecho. En cambio, me daba esas palabras y trataba de que yo me aferrara a ellas cuando las cosas se ponían feas. La idea era buena. Solo que no funcionó en aquel momento.

Esas palabras volvían cuando estaba en la Caja, por las noches. La Caja es toda de cemento alrededor, con una abertura para que te den las comidas y los medicamentos. A la noche es muy silencioso porque las otras prisioneras tomaron sus medicamentos, yo tomaba los míos, y los gritos, los alaridos y los golpes se terminaban. A veces trataba de leer un libro, y a veces pensaba en las palabras mágicas.

La primera vez que salí, solo me senté en una habitación en la oscuridad. Mi otra prima, la hermana de Carol, la que me recibió, me dijo, “Carla, tienes que salir. Tienes que hacer algo”. Para otra persona el surtidor de combustible es solo un surtidor, la escoba para barrer es solo una escoba, los vidrios por los que se ve el cielo no tienen nada de especial, los estantes con todo bien ordenado y prolijo no significan nada. Pero cuando cruzo la calle para poner la basura en los contenedores y fumar mi cigarrillo, y veo esos surtidores de combustible brillando al sol, todo rodeado por la bruma rosada de la madrugada, la luz centelleando en el vidrio, parece el paraíso. El olor del combustible es como la lavanda y los pétalos de rosa todo en uno. Hasta la manera en que los números suben cuando la gente carga es mágico. Fumar cigarrillos en el descanso, eso también es mágico. Cuando estás adentro, los cigarrillos son el único placer y tienes que fumar a escondidas. Les das a algunas de las chicas cigarrillos, las dejas tranquilas y tal vez paren los cortes. Pero Bedford nunca se enteró. O lo sabían y no les importaba.

A usted le importa, Sr. Richards, lo sé. Usted, Señor R., es mi Señor Rehabilitación, Señor Redención, Señor Renta, Señor Recuperar a mi hija Rowena. Usted es todo eso. Pero no me deja trabajar aquí, no me deja hacer esto, tengo que expresarlo de alguna manera o voy a explotar como un motor sobrecalentado.

La gente que no tiene nada que hacer se vuelve loca. Nooo, no estoy amenazando a nadie, y menos a usted.

 

Traducción: Cecilia García Checa

Revisión: Susurros Chinos

Del original No offence, de Nancy Ludmerer, publicado en KYSO Flash, Vol. 8, 2017.

*    *    *

Nancy Ludmerer es una escritora estadounidense que reside en la ciudad de Nueva York. Sus textos de ficción han aparecido en Kenyon Review, Cimarron Review, The Maine Review, Sou’wester, Masters Review’s “New Voices” Series y en otras publicaciones y antologías de Irlanda, Gran Bretaña, Los Países Bajos y Estados Unidos. Su ensayo Kritios Boy (Literal Latte) fue destacado entre los mejores en Best American Essays 2014 y su microcuento First Night (River Styx) fue incluido en Best Small Fictions 2016.

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