“El Jesús Negro” de Venita Blackburn

El Jesús Negro de Venita Blackburn

Después de la escuela llegaba a casa, me sacaba los zapatos en la puerta, besaba la foto 20 x 25 del Jesús negro en la entrada, comía cereales Froot Loops sobre la pileta de la cocina para que Nana no gritara si derramaba leche sobre la alfombra, y después miraba televisión. Solía mirar ese dibujo animado de unas criaturas que se volvían de piedra durante el día y cobraban vida de noche.  Ese era mi ritual por las tardes, mi ceremonia de deber, amor y magia. La Navidad pasada mi Nana había venido a vivir con nosotras, con mi mamá y conmigo. En Los Ángeles, la Navidad podía ser engañosa, pero a mí igual me encantaba. Soñaba con la nieve de algodón y el olor aceitoso del muérdago de plástico. La autenticidad nunca tuvo mucho sentido en realidad. Lo verdadero es aquello que tenemos delante, si la satisfacción es completa. Las estalactitas de aluminio en el porche me complacían enormemente. A Nana, no tanto. Yo la mataba, según ella. Pero siempre dice que todo la mata, aunque está más viva que el ardor de un zarpazo.

Nana era más baja que yo incluso en aquel tiempo. Nieta de esclavos, conocía la vida sin electricidad ni waffles congelados. Sabía otras cosas también, en especial sobre vacas, no solo cómo ordeñarlas —yo lo había hecho en la feria del condado de Los Ángeles—. Ella podía ayudarlas a parir y curarlas cuando enfermaban. El día que Nana entró a casa por primera vez, no traía nada más que su bolsa de cuero con tiras largas, una Biblia gruesa como un ladrillo y la foto del Cristo más moreno que yo jamás hubiera visto. No tenía equipaje ni nada. Le pregunté a mi madre: “¿Por qué tuvo que venir Nana?”. Me respondió: “Tu abuela vivía con mi hermana y ahora vive con nosotras”. Eso fue todo. “Mamá” es realmente Dios en la boca de un niño. A ella solía rogarle de rodillas en la cocina con los nudillos bajo el mentón diciendo: “Por favor, por favor, ¿me das dinero para el camión de los helados?”. La exquisita música de esa dulce bendición láctea se escuchaba cada vez más fuerte. Me decía que ya me había dado suficientes monedas el día anterior, lo cual era cierto, pero yo lo negaba. Le suplicaba.  “No” —me decía—, “no quiero que le compres nada a ese albino perfumado”. Dios revolvía la olla y la melodía pasaba de largo. Cuando Nana me descubría postrada en el suelo, me levantaba de un tirón y me ordenaba honrar a mi madre.

Nana y yo pasábamos mucho tiempo juntas mientras mi madre trabajaba. Bueno, yo pasaba mucho tiempo con las reglas de Nana. Una mañana me sorprendió besando la foto del Jesús negro camino a la parada del autobús. Con su palma huesuda y húmeda me dio un golpe certero debajo de la sien izquierda. No sabía que fuera posible sentir tanto dolor en la vida. Me sermoneó hasta aturdirme con palabras que yo aún no conocía. Después, me sentó y me leyó los diez mandamientos usando todavía más palabras difíciles. Lo que sí comprendí fue que en principio eran solo diez, solo diez las reglas que no debían romperse. El sentido de lo finito lo era todo para mí. No podría haber sobrevivido ese día en la escuela sin ese número, no después de haber recibido semejante puñalada emocional, solo como Nana podría haberme dado.  

En clase me quedé mirando fijo a la maestra, pensando. Por mi sangre corrían chispas de electricidad que me salían por las orejas. La maestra vestía una prenda ceñida al cuerpo, una anguila de gamuza con pechos en verdad estupendos. Entonces supe lo que tenía que  hacer. Al llegar a casa encontré la enorme Biblia de Nana, busqué en el libro de Éxodo y recorrí los mandamientos. Tenía que elegir uno, así que elegí: “No darás falso testimonio contra tu prójimo”. Lápiz corrector en mano, borré ese mandamiento y pegué otro encima: “No besarás al Jesús negro”. Era específico. Estaba contenta. A cambio de la libertad de mentir, ya no besaría más al Jesús negro de Nana.

Pasaron varias semanas antes de que notaran las alteraciones en esa parte del texto sagrado. La Navidad partió renuente, y las lluvias de California del Sur llegaron con rocíos opacos y vigorosos aguaceros. Además, yo también había descubierto otras transgresiones que era necesario incluir en los mandamientos. Ahora era libre de mentir a voluntad, de desear los bienes de mi prójimo y de ignorar por completo el día de reposo según lo necesitara. Cuando Nana encontró la nota pegada que decía: “No derramarás leche sobre la alfombra”, estalló como una caldera.

—La Biblia es la palabra de Dios —dijo—, y Dios es Su palabra. Es como tratar de ocultar al Señor. ¡No puedes ponerle tinta correctora a Dios!

—¡Entonces no tendrían que haber puesto a Dios en papel!  —le dije.

Nana pertenece a la generación de la obediencia como éxito y la expiación como fracaso. Yo pertenezco a la generación de elige tu propia aventura. Vivir implica adaptarse y renovarse. Puede que me convierta a nuevas religiones. Puede que viaje a otras comunidades. Mi brazo puede terminar en el guiso de algún curandero. Puedo tener gusto a salsa de soja y lágrimas. Cada célula del planeta puede ser adorable y terrible a la vez, pero no tenemos miedo de mirar y ver. Nana se calmó un poco y hablamos como mujeres adultas. Me dijo que Jesús tenía la piel cobriza y el cabello lanudo, lo que me recordó mucho a mi tío Sheldon. Le confesé por qué besaba a su Jesús. “Para la buena suerte”, le dije. Mentí. No sabía cómo expresar la verdad entonces. Hasta ese momento nunca había besado a un hombre, por supuesto. Ni a un padre, ni a un hermano, ni a un amante. Besar esa imagen implicaba besar al mejor de todos los hombres, porque el mejor de todos los hombres es aquel que se imagina con esmero.

Antes que nada, Nana me hizo corregir su Biblia. Así, los mandamientos volvieron a ser de piedra y yo conservé mi ritual. Varios inviernos después, Nana ya no puede caminar sola, entonces muchas tardes me quedo con ella y le leo. Dice que la mato con mi rebeldía. Sospecho que puedo estar robándole la estatura. Yo crezco y ella empequeñece. Cuando en la morgue le quitan los órganos a un cuerpo para pesarlos, ¿alguien pesa lo que queda? ¿cuánto pesamos sin el corazón? Supongo que tanto como los muertos, casi nada. Le leo partes de la Biblia, revistas, cuentos de navidad que ella aprueba, pero ya no son iguales cuando yo los leo. Mi humor cambia y el suyo también. Esta noche le cuento: “El crucifijo colgaba cuidadosamente de la chimenea, y el reno de Santa Claus se paró en dos patas quebrando la cadera con el gesto universal de desafío. Toca tus campanas para mí, nena. Todos somos ángeles”. Cuando ella ya no esté, la extrañaré por siempre.

Traducción: Susurros Chinos

Del original Black Jesus, publicado en Black Jesus and Other Superheroes, Prairie Schooner Book Prize in Fiction, de Venita Blackburn, Estados Unidos, University of Nebraska Press, 2017.

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Venita Blackburn tiene textos publicados o por publicar en Los Angeles Review of Books Print Quarterly Journal, American Short Fiction, the Georgia Review, Pleiades, Madison Review, Bat City Review, Nashville Review, Smoke Long Quarterly, Café Irreal, Santa Monica Review, Faultline, Devil’s Lake Review, Nat.Brut., Bellevue Literary Review, también audios descargables a través de Bound Off, entre otros. Le otorgaron la beca Bread Loaf en 2014 y recibió numerosas nominaciones al premio Pushcart. Ganó el premio Prairie Schooner Book Prize en ficción, que derivó en la publicación del libro de cuentos Black Jesus and Other Superheroes en 2017. En 2018 resultó finalista del premio PEN/Bingham en la categoría ficción debut y también del premio NYPL Young Lions. En la actualidad se encuentra terminando una novela y una colección de microcuentos y de textos de no-ficción. Reside en Compton, California, y formará parte del cuerpo docente de la Maestría en Bellas Artes de la Universidad del Estado de California, en Fresno, a partir de la primavera de 2018.

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