La Academia Warrene

de Vanessa Wang

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La Srta. Mao fue la primera que advertí cuando llegué a la Academia Warrene. Todos hablaban de sus hermosos ojos rasgados, los varones hablaban. Durante el horario de tutoría, los chicos esperaban fuera de su despacho mientras formaban una hilera que doblaba por el pasillo. Uno a uno eran invitados al otro lado de la puerta blanca sin ventanas y, durante todo un minuto, a veces dos, el afortunado tenía a la Srta. Mao solo para él.
Salían de la oficina como embriagados, sin poder caminar en línea recta. Una fragancia empalagosa penetraba el aire cada vez que alguno de ellos entraba o salía: olía a fresas, pero también a rosas marchitas. Una tenue luz amarilla escapaba por debajo de la puerta de la oficina, pero nunca pude ver nada más; supongo que el perfume denso me enceguecía un poco. “Adelante, querido”, tintineaba la voz de la Srta. Mao.
Afuera de su oficina había siempre un enjambre de chicos y yo no me atrevía a acercarme a ellos, nueva como era en la Academia y, además, una chica. Me conformaba con mirar desde lejos, agachada detrás de las plantas junto a la escalera. Al final de cada hora, la Srta. Mao salía de su oficina e inmediatamente cerraba la puerta tras de sí, probaba el picaporte dos veces para asegurarse de que estuviera cerrada. Los muchachos que no habían podido verla tendrían que esperar hasta la próxima vez, decía, exhibiendo hoyuelos a los costados de su boca de fresa. Una vez se dio vuelta y me miró detenidamente con esos alargados ojos felinos.
La Srta. Mao vestía trajes grises o marrones, y llevaba una cartera, en los mismos tonos solemnes, con un cierre dorado que capturaba la luz de los pasillos. Sus estiletos elevaban su figura menuda del piso y los tacos repicaban, constantes, a su paso. Sin importar el esfuerzo que hiciera por caminar con la espalda derecha, como si llevara un libro invisible sobre la cabeza, no era buena caminando, en absoluto. Avanzaba, tambaleante, y con frecuencia se agachaba para masajearse los tobillos. Noté que sus orejas se ubicaban altas, a ambos lados de su cabeza, y que terminaban en punta. De su ajustada falda tubo, larga hasta las rodillas, pendía una cola peluda que se meneaba al ritmo de sus caderas, de izquierda a derecha, de izquierda a derecha.
¿Nadie más se daba cuenta o yo estaba perdiendo la razón?
En la cafetería de la escuela, la señora detrás del mostrador me miraba con ojos de pez miope, con esa mirada lastimera que exhiben las mascotas acuáticas detrás del vidrio de la pecera. Miré fijo el filete de bacalao frito en la bandeja y sentí cómo el desayuno se me revolvía en el estómago. El niño que esperaba detrás de mí en la fila emitió un ruido. Su rostro mostraba una expresión de consternación, pero los sonidos que salieron de su boca no tenían sentido. “Croá, croá” fue todo lo que escuché. Su ancha boca le abarcaba toda la cara y la piel suelta debajo de su barbilla, salpicada de grandes verrugas, vibraba con cada croar.
En la clase de Matemáticas, la Srta. Urraca me llamó para que resuelva un problema: “Si en la misma jaula hay 27 pollos y 33 conejos, ¿cuántas patas hay?”. Por más que lo intenté, solo pude ver dos patas delgadas y un enorme par de alas frente a mí. ¿Nadie más veía esas sucias plumas erizadas a lo largo de sus brazos? La Srta. Urraca desplegó las alas, separando el plumaje negro y blanco, mientras sostenía una tiza que anidaba en la punta de una de ellas. La mujer no tenía brazos ni manos. Fruncía el ceño y chillaba, con la cresta alborotada, color zanahoria, y estampaba las patas nervudas contra el piso.
Me pasaba horas frente al espejo preguntándome si el lunar en mi hombro era la señal prematura de una mancha. Una porción de piel áspera podía ser, en realidad, algún tipo de escama. ¿Y quién podía decir que, si no me ocupaba de separarlos, no me crecerían membranas entre los dedos de los pies? Me lavaba cuatro veces al día y me frotaba la piel hasta dejarla en carne viva.
Una de mis tías insistía en que mi cara solía ser más redondeada y que ahora se veía más ovalada. Comí ración doble toda la semana, hasta me obligué a tragar el pescado de la mujer pez. Comía y comía, me llenaba la boca con comida como los jabalíes, las palomas, los pingüinos, las hienas y los búhos que se sentaban conmigo en el almuerzo. La cacofonía de rugidos, aullidos y trinos creaba una nueva clase de música que resultaba extrañamente reconfortante.

 

Traducción: Susurros Chinos

Del original The Warrene Academy, publicado en: Ferrel, E. (Ed.) y Clayton, E. (Ed.) (2017). Flash Fiction Magazine – Issue 3. Estados Unidos: 101 Words LLC.

*    *    *

Vanessa Wang es de origen taiwanés y reside en Estados Unidos. Tiene una Maestría en Bellas Artes en Escritura Creativa por la Universidad de Maryland y una Maestría en Ciencias en Ingeniería de la Construcción y Gestión por la Universidad Nacional de Taiwan. Se ha desempeñado como redactora de textos técnicos en empresas, Profesora Adjunta de Redacción técnica en la Universidad de Maryland, periodista en la revista Asian Fortune, e instructora de escritura en Writopia Lab. Sus textos en inglés y chino han sido publicados en Bethesda Magazine, Asian Fortune, World Journal, Ink Journal, entre otros. Fue finalista del premio Glimmer Train Short-Story Award y de la beca de escritura David T.K. Wong.

 

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